Según las definiciones del Diccionario de Lengua Española:
1- tr.Falsificar un escrito con palabras o cláusulas que alteren el sentido que antes tenía.
2-tr. Ocupar con malas artes el lugar de alguien, defraudándole el derecho, empleo o favor que disfrutaba. ( del latín supplantare).
Nunca más fiel definición que la segunda cuando hablo de suplantación de la identidad. He sido suplantada y voy a relatar mis sentimientos a través de esta defraudación. Perteneciendo a un foro de preguntas y respuestas, en el cual participás con honestidad, ya que no tiene sentido "vender" lo que uno no es, sino aportar lo que uno realmente es; donar tus conocimientos, tus posturas ante los acontecimientos de la vida, tu amistad, tu sentido común ante problemas colectivos; lo que menos esperás es que alguien abuse de tu persona, clone tu avatar y tu nombre y comience a destruír tu imágen, a falsificar todo tu ser.
Comunmente me encuentro con opiniones contrarias a las mías, algunas con respeto, otras no. Me encuentro con eliminación injusta de mis preguntas. Pero jamás esperé ser clonada. En un principio sentí la impotencia cobrando vida, mi corazón latiendo a mil, reaccionando en contra. Mi familia, que generalmente comparte la mayor parte del día conmigo, mirándome intrigada. Visualizando mi bronca al decir:-"¡No puede ser!" y comenzar a escribir a mil en el teclado para encontrar a mi clon, leer lo que estaba injuriando sobre mí misma o a otras personas que comparten ese foro conmigo hace casi un año. La conexión con internet lenta. La máquina que está haciendo "actualizaciones" y casi no responde al teclado. Mi esposo gritándome para que me calme, vuelva a reiniciar y sin entender qué ocurre. No le puedo explicar, porque influiría en mi foro personal. Me diría: -"Si este foro te hace daño y reaccionás de esta manera, basta, no entrés más"-. Y nada de eso lo quise sentir en ese momento.
Luego la injusticia de sentir que no hay razón para ser clonada. Siempre fui muy respetuosa con mis preguntas y respuestas, jamás agredí a nadie en el foro ya que no conllevaba esa intención al participar y no era mi objetivo. Simplemente vivía defendiendo las posturas de las personas que eran eliminadas injustamente y con honestidad decía mi verdad de reportar algo que no debía pasar. Un gran amigo me pide ayuda. Se la doy con alma y vida. Sabía que él sí era perseguido por su inteligencia y sagacidad. Me jugué por él con una pregunta que me requirió hiciera en su ayuda. No tuvo nada de falta de respeto, al contrario. Era un interrogante a favor de las normas de ese foro, a favor de las leyes de ese foro y de la justicia.
Descubro con el transcurso de los días mucha gente que se solidariza con mi caso. Intento avisar que tengo un clon, que no le respondan, que los que me conocen saben cuál es mi nivel de intelecto y mi forma de pensar. Se unen en mi defensa...tres...sólo tres amigos. De las 54 personas que conforman mi red de amigos...tres...sólo tres.
Los contactos comienzan a apartarse. Cada vez estoy más sola. ¿Conclusión?: MIEDO, miedo a ser clonados ellos también. Miedo a ser clonados al ser parte de mi red. Comienza la desilusión y la desconfianza. Empiezo a proteger a todos los que son mis contactos y los voy eliminando uno a uno. Los quito de mi red para que no los puedan tocar. Queda mi avatar solo. Me retiro. Me siento fracasada, aniquilada por un foro virtual, sí...¡virtual!. No puede ser que un foro tenga tanto poder sobre mí.
La realidad es que uno pone toda su persona y sus energías en un foro, ya que comparte a diario opiniones con otras personas que son de carne y hueso. La realidad es que se producen sentimientos a través de una pantalla y un teclado. Si una película dramática nos hace llorar, imagínense el contacto diario, aunque sea virtual con los demás. Se genera un sentimiento de cariño, amistad, amor hacia los que están del otro lado. Sus problemas te preocupan, sus alegrías te alegran. Se crea una especie de familia del otro lado del espejo. De repente perdés todo. Perdí la confianza. Perdí la fe en las personas, ya que tampoco sabía quién me había clonado. No sabía si estaba entre mis contactos, si era mi mejor amigo o amiga.
Es tremendo lo que genera una suplantación de la identidad. El tiempo ayuda y te fortalece, te enfría y podés volver, seguir por los que realmente valen la pena. Recuerden, sólo tres. Más que sabias palabras: "los amigos se cuentan con los dedos de una mano", y a veces sobran.
Decidí ser menos pasional. Aprendí a valorar lo verdadero. Pero también espero recuperar la fe en las personas, porsupuesto aquellas que lo merezcan. Me volví selectiva, cuando no lo era. Me volví escéptica sobre todo lo que escriben los demás. Lo que lamento es que enfriaron un poco mi fuego interior, mi espontaneidad, mi sociabilidad. Tendré que trabajar sobre eso.
Lo único seguro es que la caridad, de ahora en más comienza por casa y que nunca más voy a tirar perlas a los chanchos, como dictan las palabras de Jehoshua en la Biblia católica. También mi más profundo deseo es que la suplantación de la identidad no se convierta en un deporte, para que a ninguno de ustedes, por lo menos a los que están leyendo les ocurra. Todos estamos curtidos de desengaños, pero cuando ocurre que alguien está haciéndose pasar por vos y con maldad e injuria, es una de las peores traiciones, acompañada del anonimato. Y mucho más que antes voy a valorar y a jugármelas tantas veces sea necesario por esas tres personas que se mantuvieron a mi lado con entereza, sin importarles lo que les pudiera pasar. Por ellos sigo adelante, por ellos volvía al foro y seguiré estando siempre con mi mano extendida y mi corazón abierto. Valen más que 54.
domingo, 10 de mayo de 2009
domingo, 26 de abril de 2009
La guerra actual
Me es imposible pensar en la guerra actual sin remitirme al pasado. En otros tiempos los bandos en conflicto eran tribus, clanes, señores, etnias, naciones.
Hace más de 20 años que todos esos conceptos se han esfumado. Todo es internacional y más: es global. El derrumbre del último imperio, los Estados Unidos de América, no es más que el resultado de la guerra no ya entre naciones, si no entre grupos de poder anónimos. La guerra actual es entre clases sociales, con el discurso de que las clases sociales son cosa del pasado. Ni siquiera se habla de clases sociales. Cualquiera puede alcanzar la prosperidad económica estudiando alguna profesión, orando, motivándose, siendo positivo, inventando algún recurso de Internet, dedicándose al espectáculo, haciéndose famoso o ganando algún torneo deportivo. Muchos hicieron su agosto impartiendo seminarios sobre "Las nuevas oportunidades que ofrece la globalización". Se ven. Es el nuevo mito de "sólo hay que proponérselo".
La realidad es bien distinta.
La miseria y la degradación avanzan día tras día.
Lo extraño es que en un estadio de desarrollo tecnológico como el actual, en el que todo sobra, haya tantos que tienen cada vez menos.
La visión integradora de los orientales entendía la guerra como una actividad en la que el uso de las armas era sólo un componente más. Si Japón no hubiese querido imitar tanto a Occidente, habría ganado la Segunda Guerra.
El Poder aprendió de Oriente el concepto de guerra integral y de Occidente las técnicas psicológicas estructuradas y metódicas. La tecnología de las comunicaciones le dió la herramienta más poderosa: la transmisión a distancia de imágen y sonido.
El ciudadano común, nosotros, asiste a centros de estudio cada vez más huecos, con una formación sin cimientos. Cada año se obtienen títulos más falsos que los del año anterior.
Los medios de difusión masiva son máquinas de adormecer, son opio electrónico. Encontrar contenidos de calidad es un milagro. Hoy resulta increíble, pero yo vi Hamlet por televisión. Claro que hace unos 40 años. Y con una programación así, los canales no quebraron: aún están.
Con la radio es peor porque la cantidad de emisoras es enorme, aunque parece haber 4 o 5 por la uniformidad de sus contenidos.
El que tiene con qué, no puede porque no sabe. El que no tiene con qué, no puede porque no sabe y porque además no accede.
Parece ser que hoy en día hemos llegado al triunfo sobre los totalitarismos implantando otro: el de la información. Una recorrida por diarios, canales y radios nos ofrece una imagen uniforme del Mundo.
El cuco de la época de la Guerra Fría se hizo real: la uniformidad de la información.
Las noticias son idénticas y hasta tratadas con las mismas palabras. No hay debate. Recuerdo los debates televisados de los años '70, antes de la dictadura claro. Vemos hoy programas en donde hay una idea única, un libreto que hay que seguir. Si el entrevistado no entra en el molde es vapuleado. El entrevistador no muestra el pensamiento del participante, muestra el suyo o el de sus patrones, que son iguales.
La opinión ya no cuenta, cuenta el discurso. La frontera entre la realidad y la ficción no existe más.
Las voces discordantes no existen, o son convocadas para degradarlas. La historia de un personaje público es su condena: lo que dijo alguna vez hace 20 años es elemento suficiente para descalificar toda una vida, como si las personas no cambiaran de parecer nunca. El entrevistado se enfrenta a una máquina monstruosa: decenas de personas se han dedicado a revisar miles de horas de grabación, fotos, reportajes, han filtrado todo eso y armado una carpeta con todo lo negativo de su vida. Negativo según el molde que se quiere imponer.
La guerra actual está ahí: es entre la clase social que detenta los medios de difusión y la clase social que apenas puede apelar a la memoria, moldeada la mayoría de las veces por esos mismos medios.
la literatura nos ofrece un modelo perfecto en 1984, de Orwell. En ella, el Ministerio de la Verdad reconstruye la Historia permanentemente, con el sencillo método de acomodar los datos a la conveniencia del Poder. Hoy no hace falta un Ministerio de la Verdad. Están los multimedios, telarañas laberínticas de empresas con propietarios difusos. Son pocos los que pueden armar esos rompecabezas de subsidiarias, testaferros, sociedades fantasma, complicidades. Y para colmo, cuando se logra armar, no llega al gran público por la simple razón de que es rehén de esos mismos multimedios.
El caso de Orson Welles es clásico: el ser joven, genial, culto y rebelde lo llevó a penar por cada película, a no encontrar financiación, a pagar muchas de sus obras con lo que ganaba como actor en películas de segunda.
El discurso único es el arma más poderosa de todos los tiempos: no duele, no rompe, nos alegra comprar los aparatos que lo difunden. Ya nos llega hasta en la calle con teléfonos celulares que son televisores y radios.
Si usamos Yahoo tenemos las noticias del diario La Nación que nos dice que todo está mal.
El mensaje único es "miedo". Se impone el miedo, sentimiento primario que se va decantando en nuestras mentes hasta dejarnos inmóviles: según el país, será el dengue, la inseguridad, el terrorismo, los extranjeros, la crisis financiera, los piratas, el desempleo, las drogas ilegales, los narcotraficantes, el no consumir productos mágicos, la gordura, la flacura, la contaminación. En fin, cada día se inventa un motivo nuevo para hacernos creer que el apocalipsis está a la vuelta de la esquina, y al mismo tiempo que el apocalipsis se evita haciendo tal o cual cosa.
La guerra actual es la guerra de Sun-Tzú, en la que se ganaba sin entrar en batalla: dominando la psiquis del adversario.
Hace más de 20 años que todos esos conceptos se han esfumado. Todo es internacional y más: es global. El derrumbre del último imperio, los Estados Unidos de América, no es más que el resultado de la guerra no ya entre naciones, si no entre grupos de poder anónimos. La guerra actual es entre clases sociales, con el discurso de que las clases sociales son cosa del pasado. Ni siquiera se habla de clases sociales. Cualquiera puede alcanzar la prosperidad económica estudiando alguna profesión, orando, motivándose, siendo positivo, inventando algún recurso de Internet, dedicándose al espectáculo, haciéndose famoso o ganando algún torneo deportivo. Muchos hicieron su agosto impartiendo seminarios sobre "Las nuevas oportunidades que ofrece la globalización". Se ven. Es el nuevo mito de "sólo hay que proponérselo".
La realidad es bien distinta.
La miseria y la degradación avanzan día tras día.
Lo extraño es que en un estadio de desarrollo tecnológico como el actual, en el que todo sobra, haya tantos que tienen cada vez menos.
La visión integradora de los orientales entendía la guerra como una actividad en la que el uso de las armas era sólo un componente más. Si Japón no hubiese querido imitar tanto a Occidente, habría ganado la Segunda Guerra.
El Poder aprendió de Oriente el concepto de guerra integral y de Occidente las técnicas psicológicas estructuradas y metódicas. La tecnología de las comunicaciones le dió la herramienta más poderosa: la transmisión a distancia de imágen y sonido.
El ciudadano común, nosotros, asiste a centros de estudio cada vez más huecos, con una formación sin cimientos. Cada año se obtienen títulos más falsos que los del año anterior.
Los medios de difusión masiva son máquinas de adormecer, son opio electrónico. Encontrar contenidos de calidad es un milagro. Hoy resulta increíble, pero yo vi Hamlet por televisión. Claro que hace unos 40 años. Y con una programación así, los canales no quebraron: aún están.
Con la radio es peor porque la cantidad de emisoras es enorme, aunque parece haber 4 o 5 por la uniformidad de sus contenidos.
El que tiene con qué, no puede porque no sabe. El que no tiene con qué, no puede porque no sabe y porque además no accede.
Parece ser que hoy en día hemos llegado al triunfo sobre los totalitarismos implantando otro: el de la información. Una recorrida por diarios, canales y radios nos ofrece una imagen uniforme del Mundo.
El cuco de la época de la Guerra Fría se hizo real: la uniformidad de la información.
Las noticias son idénticas y hasta tratadas con las mismas palabras. No hay debate. Recuerdo los debates televisados de los años '70, antes de la dictadura claro. Vemos hoy programas en donde hay una idea única, un libreto que hay que seguir. Si el entrevistado no entra en el molde es vapuleado. El entrevistador no muestra el pensamiento del participante, muestra el suyo o el de sus patrones, que son iguales.
La opinión ya no cuenta, cuenta el discurso. La frontera entre la realidad y la ficción no existe más.
Las voces discordantes no existen, o son convocadas para degradarlas. La historia de un personaje público es su condena: lo que dijo alguna vez hace 20 años es elemento suficiente para descalificar toda una vida, como si las personas no cambiaran de parecer nunca. El entrevistado se enfrenta a una máquina monstruosa: decenas de personas se han dedicado a revisar miles de horas de grabación, fotos, reportajes, han filtrado todo eso y armado una carpeta con todo lo negativo de su vida. Negativo según el molde que se quiere imponer.
La guerra actual está ahí: es entre la clase social que detenta los medios de difusión y la clase social que apenas puede apelar a la memoria, moldeada la mayoría de las veces por esos mismos medios.
la literatura nos ofrece un modelo perfecto en 1984, de Orwell. En ella, el Ministerio de la Verdad reconstruye la Historia permanentemente, con el sencillo método de acomodar los datos a la conveniencia del Poder. Hoy no hace falta un Ministerio de la Verdad. Están los multimedios, telarañas laberínticas de empresas con propietarios difusos. Son pocos los que pueden armar esos rompecabezas de subsidiarias, testaferros, sociedades fantasma, complicidades. Y para colmo, cuando se logra armar, no llega al gran público por la simple razón de que es rehén de esos mismos multimedios.
El caso de Orson Welles es clásico: el ser joven, genial, culto y rebelde lo llevó a penar por cada película, a no encontrar financiación, a pagar muchas de sus obras con lo que ganaba como actor en películas de segunda.
El discurso único es el arma más poderosa de todos los tiempos: no duele, no rompe, nos alegra comprar los aparatos que lo difunden. Ya nos llega hasta en la calle con teléfonos celulares que son televisores y radios.
Si usamos Yahoo tenemos las noticias del diario La Nación que nos dice que todo está mal.
El mensaje único es "miedo". Se impone el miedo, sentimiento primario que se va decantando en nuestras mentes hasta dejarnos inmóviles: según el país, será el dengue, la inseguridad, el terrorismo, los extranjeros, la crisis financiera, los piratas, el desempleo, las drogas ilegales, los narcotraficantes, el no consumir productos mágicos, la gordura, la flacura, la contaminación. En fin, cada día se inventa un motivo nuevo para hacernos creer que el apocalipsis está a la vuelta de la esquina, y al mismo tiempo que el apocalipsis se evita haciendo tal o cual cosa.
La guerra actual es la guerra de Sun-Tzú, en la que se ganaba sin entrar en batalla: dominando la psiquis del adversario.
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miércoles, 15 de abril de 2009
La ignorancia, mala aliada de la libertad
La ignorancia, mala aliada de la libertad
Por Beatriz Sarlo
Es posible equivocarse mucho en nombre de la Libertad. ¿Descartar enseñanzas por áridas o reglas por remotas no es, acaso, un clásico pecado de juventud?
Hace poco leía que, de chico, el tenista español David Ferrer trataba de escaparle a los entrenamientos. Cuando lo descubrían, lo encerraban con llave en una habitación cercana a las canchas. El método tenía una ferocidad poco recomendable, que sólo un temperamento de hierro como el que demostró Ferrer pudo soportar sin odiar el tenis para siempre. El duro castigo evoca los de un famosísimo personaje de Landrú, el carnicero Cateura, que molía a golpes a su hijo para que aprendiera latín, lengua que le parecía indispensable para el ejercicio exitoso de la venta de carne al minoreo. Los textos de Cateura eran desopilantes; la violencia del padre, cuya pasión pedagógica consistía en "propinar" patadas y codazos a su hijo, tenía un tono entre caricaturesco y surrealista.
La obsesión disparatada de Cateura entusiasmaba a sus lectores jóvenes que, como yo, creíamos (incluso antes de haber leído a Michel Foucault) que cualquier orden era una violencia. Cuando ingresé a la universidad, descubrí que, además de las cuestiones que me interesaban, tenía que aprender lenguas clásicas. Tal como el hijo del carnicero Cateura. Todavía hoy recuerdo la primera clase de griego.
El profesor era extraordinario y también extraordinariamente simpático, vestido de traje azul y chaleco cruzado por la cadena del reloj. Hablaba un castellano perfecto con un acento alemán que hacía resonar las consonantes, sin que la frase perdiera musicalidad ni cadencia. Su primera clase sobre el origen de las letras del alfabeto griego produjo una especie de encantamiento, un relato de tiempos remotos contado con la perspectiva de las investigaciones contemporáneas. El profesor nos prometió que "su método" no obligaba a tediosas memorizaciones y que, además, íbamos a leer Antígona, una de las grandes tragedias de toda la literatura, que años después tendría vigencia simbólica en la Argentina, cuando las madres y familiares de desaparecidos buscaran el cuerpo sin tumba de sus hijos, de sus compañeros, de sus hermanos.
Con todas esas promesas, parecía inevitable que yo me pusiera a estudiar griego y contemplara el año y medio siguiente como una oportunidad que no había que dejar pasar. Sin embargo, salí de esa primera clase decidida a hacer lo menos posible, encarar los tres cursos estudiando lo justo y dedicar mi tiempo a otra cosa. No recuerdo hoy qué era esa "otra cosa". Algunos compañeros más sensibles que yo estudiaron griego; otros, simplemente, no tomaron la brutal resolución de hacer todo lo posible para no aprenderlo. Yo, en cambio, combinando dosis similares de ignorancia y cinismo, resolví que, como sabía ya un poco de latín, no necesitaba emplear más fuerzas en las lenguas clásicas.
Nadie trató de persuadirme de lo contrario; nadie me indicó lo que yo, que me creía vivísima, no me daba cuenta. En aquellos años sesenta, cuando cursé la universidad, la opinión de alguien que fuera diez años mayor me parecía completamente descalificable por ese único motivo. No existía la idea de "maestro". Por lo tanto, permanecí ajena al griego. Pueden creerme que hace varias décadas que estoy arrepentida, pero la comprensión del error llegó demasiado tarde. Lo más salvaje de mi resolución adversa al griego no fue haberla tomado en libertad (la libertad de equivocarse siempre es buena), sino la ignorancia con que ejercí mi derecho a la resistencia y la soledad que me rodeaba al ejercerlo. Hacía lo que quería y, como dice el refrán, "calavera no chilla".
Recuerdo esta torpeza cometida en la universidad cuando escucho o leo que hay que enseñar cosas que a los chicos les interesen. Si así hubiera sido, en la escuela secundaria jamás habría aprendido geografía, ni qué es un logaritmo, ni análisis sintáctico complejo, ni cuáles son los pasos de una demostración matemática. Afortunadamente, en mis años de secundario todavía no regía el interés como ley pedagógica con valor constitucional, y algunas cosas me vi obligada a aceptar para evitar males mayores. Pero, llegada a la universidad, la prioridad suprema del interés personal y el régimen más o menos libre de estudio me convirtieron en una turista que, años después de recibido el título, debió sentarse a estudiar o resignarse a que nunca más sabría nada sobre temas que, ya un poco tarde, no me parecían tan ajenos a mis inclinaciones principales.
Entre lo mucho que no quise aprender en la universidad está casi toda la literatura anterior al siglo XVIII. Como si las cosas nacieran de un repollo, consideraba (con tanto desconocimiento como autosuficiencia) que sólo me interesaba lo que había comenzado a suceder después de la Revolución Francesa. Lo anterior era una selva brumosa e intrincada que sólo visitaba guiada por los gustos más casuales y la arbitrariedad ejercida como derecho: había leído bien las tragedias de Racine pero muy mal a Calderón y Lope de Vega; conocía apenas el Quijote, hasta que me di cuenta de que no podía seguir chapoteando en una distracción de ese tamaño. Exhibía los agujeros de mi formación literaria como si fueran medallas ganadas en un combate contra el autoritarismo.
Este artículo fue gentilmente autorizado por la autora.
Por Beatriz Sarlo
Es posible equivocarse mucho en nombre de la Libertad. ¿Descartar enseñanzas por áridas o reglas por remotas no es, acaso, un clásico pecado de juventud?
Hace poco leía que, de chico, el tenista español David Ferrer trataba de escaparle a los entrenamientos. Cuando lo descubrían, lo encerraban con llave en una habitación cercana a las canchas. El método tenía una ferocidad poco recomendable, que sólo un temperamento de hierro como el que demostró Ferrer pudo soportar sin odiar el tenis para siempre. El duro castigo evoca los de un famosísimo personaje de Landrú, el carnicero Cateura, que molía a golpes a su hijo para que aprendiera latín, lengua que le parecía indispensable para el ejercicio exitoso de la venta de carne al minoreo. Los textos de Cateura eran desopilantes; la violencia del padre, cuya pasión pedagógica consistía en "propinar" patadas y codazos a su hijo, tenía un tono entre caricaturesco y surrealista.
La obsesión disparatada de Cateura entusiasmaba a sus lectores jóvenes que, como yo, creíamos (incluso antes de haber leído a Michel Foucault) que cualquier orden era una violencia. Cuando ingresé a la universidad, descubrí que, además de las cuestiones que me interesaban, tenía que aprender lenguas clásicas. Tal como el hijo del carnicero Cateura. Todavía hoy recuerdo la primera clase de griego.
El profesor era extraordinario y también extraordinariamente simpático, vestido de traje azul y chaleco cruzado por la cadena del reloj. Hablaba un castellano perfecto con un acento alemán que hacía resonar las consonantes, sin que la frase perdiera musicalidad ni cadencia. Su primera clase sobre el origen de las letras del alfabeto griego produjo una especie de encantamiento, un relato de tiempos remotos contado con la perspectiva de las investigaciones contemporáneas. El profesor nos prometió que "su método" no obligaba a tediosas memorizaciones y que, además, íbamos a leer Antígona, una de las grandes tragedias de toda la literatura, que años después tendría vigencia simbólica en la Argentina, cuando las madres y familiares de desaparecidos buscaran el cuerpo sin tumba de sus hijos, de sus compañeros, de sus hermanos.
Con todas esas promesas, parecía inevitable que yo me pusiera a estudiar griego y contemplara el año y medio siguiente como una oportunidad que no había que dejar pasar. Sin embargo, salí de esa primera clase decidida a hacer lo menos posible, encarar los tres cursos estudiando lo justo y dedicar mi tiempo a otra cosa. No recuerdo hoy qué era esa "otra cosa". Algunos compañeros más sensibles que yo estudiaron griego; otros, simplemente, no tomaron la brutal resolución de hacer todo lo posible para no aprenderlo. Yo, en cambio, combinando dosis similares de ignorancia y cinismo, resolví que, como sabía ya un poco de latín, no necesitaba emplear más fuerzas en las lenguas clásicas.
Nadie trató de persuadirme de lo contrario; nadie me indicó lo que yo, que me creía vivísima, no me daba cuenta. En aquellos años sesenta, cuando cursé la universidad, la opinión de alguien que fuera diez años mayor me parecía completamente descalificable por ese único motivo. No existía la idea de "maestro". Por lo tanto, permanecí ajena al griego. Pueden creerme que hace varias décadas que estoy arrepentida, pero la comprensión del error llegó demasiado tarde. Lo más salvaje de mi resolución adversa al griego no fue haberla tomado en libertad (la libertad de equivocarse siempre es buena), sino la ignorancia con que ejercí mi derecho a la resistencia y la soledad que me rodeaba al ejercerlo. Hacía lo que quería y, como dice el refrán, "calavera no chilla".
Recuerdo esta torpeza cometida en la universidad cuando escucho o leo que hay que enseñar cosas que a los chicos les interesen. Si así hubiera sido, en la escuela secundaria jamás habría aprendido geografía, ni qué es un logaritmo, ni análisis sintáctico complejo, ni cuáles son los pasos de una demostración matemática. Afortunadamente, en mis años de secundario todavía no regía el interés como ley pedagógica con valor constitucional, y algunas cosas me vi obligada a aceptar para evitar males mayores. Pero, llegada a la universidad, la prioridad suprema del interés personal y el régimen más o menos libre de estudio me convirtieron en una turista que, años después de recibido el título, debió sentarse a estudiar o resignarse a que nunca más sabría nada sobre temas que, ya un poco tarde, no me parecían tan ajenos a mis inclinaciones principales.
Entre lo mucho que no quise aprender en la universidad está casi toda la literatura anterior al siglo XVIII. Como si las cosas nacieran de un repollo, consideraba (con tanto desconocimiento como autosuficiencia) que sólo me interesaba lo que había comenzado a suceder después de la Revolución Francesa. Lo anterior era una selva brumosa e intrincada que sólo visitaba guiada por los gustos más casuales y la arbitrariedad ejercida como derecho: había leído bien las tragedias de Racine pero muy mal a Calderón y Lope de Vega; conocía apenas el Quijote, hasta que me di cuenta de que no podía seguir chapoteando en una distracción de ese tamaño. Exhibía los agujeros de mi formación literaria como si fueran medallas ganadas en un combate contra el autoritarismo.
Este artículo fue gentilmente autorizado por la autora.
lunes, 13 de abril de 2009
Yo me discrimino
Se señala al diferente. Es natural.
Si vemos a una persona muy alta, nos llama la atención. Es persona es muy alta entre nosotros, entre los seres comunes de nuestro acostumbrado ámbito vital. En otro lugar, esa persona tan alta no llamaría la atención de nadie, por el simple hecho de que allí, todos miden más o menos lo mismo.
En nuestra sociedad, sería insólito que un grupo de personas señalara, mofándose, su altura. No lo sería tanto si fuera muy baja. Sería el enano, objeto de mofa en determinadas circunstancias. Y se sentirían bien con la burla, el insulto o el golpe, parientes entre sí, aquéllos que creen que unos centímetros más de altura son una virtud, y que son mejores por ello. Y cuántos son los centímetros necesarios no es cuestión de duda: más que los del enano. Entonces podríamos ver, hipotéticamente, a un grupo de incapaces reírse de Napoleón Bonaparte. Claro que la burla terminaría al saber que están frente al Emperador de Francia, con gran poder en sus manos. La risa se tranformaría en sumisión.
Discriminamos al débil.
Mientras la víctima está sola, el grupo es pequeño, no posee dinero, nos apoya el consenso, la fuerza pública, el aparato legal, el poder mediático, somos mejores, merecemos más. El otro es ínfimo, molesta su presencia, es sospechoso automático y origen de todos los males si podemos.
Al decir que el otro es diferente, me convierto en diferente yo también. Soy diferente a ese objeto de rechazo.
El cartonero ensucia con su sola presencia y hasta hay quien habla de matarlo y nadie lo acusa de apología del crimen. Tiene el consenso social para expresar barbaridades.
Soy diferente al diferente y me discrimino discriminando.
Si mi grupo social, mi color o mi bolsillo me hacen diferente, estoy aceptando que hay otro grupo social, color o bolsillo que hace diferente a otros. Y no tomo en cuenta que ese otro grupo me puede estar mirando como inferior.
Desde el momento en que nadie está absolutamente abajo o absolutamente arriba de nadie, siempre estamos entre dos escalas sociales. Entonces si acepto discriminar al de "abajo", estoy aceptando esa misma actitud de los de "arriba". Si no podemos rechazar la discriminación por la elevación de nuestras conciencias, por lo menos hagámoslo por conveniencia.
Un caso llamativo es el de los boliches: una larga fila en la puerta, esperando pacientemente que unos señores, sin otro mérito que el tamaño de sus músculos, determine si soy digno de entrar o no. Aunque pago la entrada, aunque adentro me venderán cuanto tóxico exista a precios caros, aunque luego pierda parte de mi capacidad auditiva. Me someteré a la humillación, con la esperanza de ser aceptado aunque termine medio enfermo. Eso sí, lamentaré luego la paliza recibida de cuatro descerebrados, si puedo.
Habré elegido todo eso para sentir que yo puedo entrar y "esos", no.
Si vemos a una persona muy alta, nos llama la atención. Es persona es muy alta entre nosotros, entre los seres comunes de nuestro acostumbrado ámbito vital. En otro lugar, esa persona tan alta no llamaría la atención de nadie, por el simple hecho de que allí, todos miden más o menos lo mismo.
En nuestra sociedad, sería insólito que un grupo de personas señalara, mofándose, su altura. No lo sería tanto si fuera muy baja. Sería el enano, objeto de mofa en determinadas circunstancias. Y se sentirían bien con la burla, el insulto o el golpe, parientes entre sí, aquéllos que creen que unos centímetros más de altura son una virtud, y que son mejores por ello. Y cuántos son los centímetros necesarios no es cuestión de duda: más que los del enano. Entonces podríamos ver, hipotéticamente, a un grupo de incapaces reírse de Napoleón Bonaparte. Claro que la burla terminaría al saber que están frente al Emperador de Francia, con gran poder en sus manos. La risa se tranformaría en sumisión.
Discriminamos al débil.
Mientras la víctima está sola, el grupo es pequeño, no posee dinero, nos apoya el consenso, la fuerza pública, el aparato legal, el poder mediático, somos mejores, merecemos más. El otro es ínfimo, molesta su presencia, es sospechoso automático y origen de todos los males si podemos.
Al decir que el otro es diferente, me convierto en diferente yo también. Soy diferente a ese objeto de rechazo.
El cartonero ensucia con su sola presencia y hasta hay quien habla de matarlo y nadie lo acusa de apología del crimen. Tiene el consenso social para expresar barbaridades.
Soy diferente al diferente y me discrimino discriminando.
Si mi grupo social, mi color o mi bolsillo me hacen diferente, estoy aceptando que hay otro grupo social, color o bolsillo que hace diferente a otros. Y no tomo en cuenta que ese otro grupo me puede estar mirando como inferior.
Desde el momento en que nadie está absolutamente abajo o absolutamente arriba de nadie, siempre estamos entre dos escalas sociales. Entonces si acepto discriminar al de "abajo", estoy aceptando esa misma actitud de los de "arriba". Si no podemos rechazar la discriminación por la elevación de nuestras conciencias, por lo menos hagámoslo por conveniencia.
Un caso llamativo es el de los boliches: una larga fila en la puerta, esperando pacientemente que unos señores, sin otro mérito que el tamaño de sus músculos, determine si soy digno de entrar o no. Aunque pago la entrada, aunque adentro me venderán cuanto tóxico exista a precios caros, aunque luego pierda parte de mi capacidad auditiva. Me someteré a la humillación, con la esperanza de ser aceptado aunque termine medio enfermo. Eso sí, lamentaré luego la paliza recibida de cuatro descerebrados, si puedo.
Habré elegido todo eso para sentir que yo puedo entrar y "esos", no.
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viernes, 20 de marzo de 2009
Inseguridad y lavado de cerebro
Son dos temas aparentemente inconexos pero que creo que hoy son uno señal del otro.
La inseguridad de moda y el lavado de cerebro no, cosa del pasado y de la época de las películas que nos mostraban a malvados comunistas.
Los medios de comunicación, convertidos desde los años '70 en órganos de publicidad y propaganda, imponen temas. Generalmente son períodos de 15 días en que un asunto está vigente: narcotraficantes, violaciones, raptos, robos a bancos, enfermedades, etc. Uno termina suponiendo que esos fenómenos ocurren por rachas, si debe creer en la veracidad de lo que se muestra. Ahora bien, con sólo observar se sabe que esos males son permanentes, en mayor o menor número y en todas partes del mundo. No son series de delitos iguales por períodos de tiempo determinados. Suponer lo contrario es creer que en un día prefijado, todos los secuestradores se ponen de acuerdo y salen a raptar gente, y que otro día deciden, juntos, detenerse. La noticia, a partir de esa observación, se transforma a los ojos del observador en un producto a la venta. Hay un stock de robos y se coloca en la vidriera. Luego otro y así.
La vehemencia con que se repite durante el día la escena del mismo delito y durante varias jornadas, unida a que la tesitura es la misma en casi todos los medios resulta por lo menos sospechosa. Es la tan temida uniformidad de la información.
La filosofía debe tener una visión integradora, de lo contrario se pierde en los detalles y se transforma en simple opinión acerca de un hecho aislado.
Como decía, tanta insistencia sobre un aspecto específico de la actividad humana es muy similar al modus operandi de la publicidad: la repetición. Se repite un tema hasta que se graba en la mente del cliente potencial.
Pueden ser los piojos, la constipación, el calor, el pelo o lo que sea, incluyendo a los actos humanos, generalmente los negativos.
El tratar de la misma manera una violación y un desodorante, saturando la atmósfera mental con repeticiones de palabras e imágenes, nos indica que ambos objetos (delito y producto industrial), son impuestos en la sociedad con el mismo sistema.
La inseguridad es uno de esos objetos. Desde el comienzo, se observa que la misma palabra está mal empleada.
La seguridad, opuesta a la inseguridad, y que se muestra como el objeto deseado, es una fantasía, una ilusión.
La seguridad no existe en la vida real, desde el momento en que nada ni nadie está libre del imprevisto; desde una lluvia que impide una salida, hasta la misma muerte, que puede llegar en cualquier instante.
Desde el Titanic, considerado insumergible, hasta la Apolo 13 con miles de técnicos a su alrededor, citando apenas dos casos famosos.
Y lo cotidiano, con miles de detalles que a diario nos muestran palmariamente que no podemos prever nada. Lo contrario nos convertiría en adivinos.
La palabra correcta, a mi entender, es delito. Pero se insiste sobre "inseguridad". Los opinadores, los manifestantes, los políticos, las vedettes, todos hablan del tema como expertos, penetrando hora a hora al espectador.
La palabra delito no se usa tanto. La razón puede ser esta:
Delito abarca la totalidad de las violaciones de la ley. Entonces el mensaje incluiría a empresarios que pagan en negro, a evasores de impuestos, a funcionarios que no cumplen su juramento, a jueces a sueldo, y hasta a todos los ciudadanos que por acción u omisión no cumplen la ley fundamental: la Constitución Nacional.
Entonces surge en mi mente la imagen del lavado de cerebro, necesario únicamente cuando se pretende imponer una idea falsa, no comprobable por la experiencia. Desde la sensación de que con sólo salir a la calle uno muere asesinado, hasta la necesidad de tomar todos los días unos frasquitos con un líquido blanco para no enfermarse.
La técnica en ambos casos demasidado parecida: repetir y repetir una palabra, una imagen, una idea, hasta que la mente la graba. Y luego, de ser necesario, se refuerza periódicamente la dosis. El hombre, habituado desde su nacimiento a considerar todo lo que vea en una pantalla como real, es un sujeto propicio. Hasta la víctima de un delito parece un actor, relatando con todo detalle lo sufrido, muchas veces con una frialdad que parece irreal.
Y creo que el asunto está allí: debemos mantener lo irreal como tal. Para ello, no queda otra cosa que estar atento y tener una visión crítica.
La inseguridad de moda y el lavado de cerebro no, cosa del pasado y de la época de las películas que nos mostraban a malvados comunistas.
Los medios de comunicación, convertidos desde los años '70 en órganos de publicidad y propaganda, imponen temas. Generalmente son períodos de 15 días en que un asunto está vigente: narcotraficantes, violaciones, raptos, robos a bancos, enfermedades, etc. Uno termina suponiendo que esos fenómenos ocurren por rachas, si debe creer en la veracidad de lo que se muestra. Ahora bien, con sólo observar se sabe que esos males son permanentes, en mayor o menor número y en todas partes del mundo. No son series de delitos iguales por períodos de tiempo determinados. Suponer lo contrario es creer que en un día prefijado, todos los secuestradores se ponen de acuerdo y salen a raptar gente, y que otro día deciden, juntos, detenerse. La noticia, a partir de esa observación, se transforma a los ojos del observador en un producto a la venta. Hay un stock de robos y se coloca en la vidriera. Luego otro y así.
La vehemencia con que se repite durante el día la escena del mismo delito y durante varias jornadas, unida a que la tesitura es la misma en casi todos los medios resulta por lo menos sospechosa. Es la tan temida uniformidad de la información.
La filosofía debe tener una visión integradora, de lo contrario se pierde en los detalles y se transforma en simple opinión acerca de un hecho aislado.
Como decía, tanta insistencia sobre un aspecto específico de la actividad humana es muy similar al modus operandi de la publicidad: la repetición. Se repite un tema hasta que se graba en la mente del cliente potencial.
Pueden ser los piojos, la constipación, el calor, el pelo o lo que sea, incluyendo a los actos humanos, generalmente los negativos.
El tratar de la misma manera una violación y un desodorante, saturando la atmósfera mental con repeticiones de palabras e imágenes, nos indica que ambos objetos (delito y producto industrial), son impuestos en la sociedad con el mismo sistema.
La inseguridad es uno de esos objetos. Desde el comienzo, se observa que la misma palabra está mal empleada.
La seguridad, opuesta a la inseguridad, y que se muestra como el objeto deseado, es una fantasía, una ilusión.
La seguridad no existe en la vida real, desde el momento en que nada ni nadie está libre del imprevisto; desde una lluvia que impide una salida, hasta la misma muerte, que puede llegar en cualquier instante.
Desde el Titanic, considerado insumergible, hasta la Apolo 13 con miles de técnicos a su alrededor, citando apenas dos casos famosos.
Y lo cotidiano, con miles de detalles que a diario nos muestran palmariamente que no podemos prever nada. Lo contrario nos convertiría en adivinos.
La palabra correcta, a mi entender, es delito. Pero se insiste sobre "inseguridad". Los opinadores, los manifestantes, los políticos, las vedettes, todos hablan del tema como expertos, penetrando hora a hora al espectador.
La palabra delito no se usa tanto. La razón puede ser esta:
Delito abarca la totalidad de las violaciones de la ley. Entonces el mensaje incluiría a empresarios que pagan en negro, a evasores de impuestos, a funcionarios que no cumplen su juramento, a jueces a sueldo, y hasta a todos los ciudadanos que por acción u omisión no cumplen la ley fundamental: la Constitución Nacional.
Entonces surge en mi mente la imagen del lavado de cerebro, necesario únicamente cuando se pretende imponer una idea falsa, no comprobable por la experiencia. Desde la sensación de que con sólo salir a la calle uno muere asesinado, hasta la necesidad de tomar todos los días unos frasquitos con un líquido blanco para no enfermarse.
La técnica en ambos casos demasidado parecida: repetir y repetir una palabra, una imagen, una idea, hasta que la mente la graba. Y luego, de ser necesario, se refuerza periódicamente la dosis. El hombre, habituado desde su nacimiento a considerar todo lo que vea en una pantalla como real, es un sujeto propicio. Hasta la víctima de un delito parece un actor, relatando con todo detalle lo sufrido, muchas veces con una frialdad que parece irreal.
Y creo que el asunto está allí: debemos mantener lo irreal como tal. Para ello, no queda otra cosa que estar atento y tener una visión crítica.
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lavado de cerebro
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